Las primeras четырнадцать секунд
El ventilador de pie giraba junto a кровати. Sus aspas cortaban la luz de la ventana.
Las cortinas estaban corridas, pero no del todo. Una franja de sol caía sobre el cubrecama blanco. Sobre la tela blanca, cerca de la almohada, había un teléfono negro. Más abajo, una mona de peluche y un mapache de felpa.
El hombre estaba en la cama. Se recostaba sobre una almohada, apoyado contra el cabecero. Llevaba una camiseta negra. Sus ojos miraban hacia la ventana, hacia la franja de luz y el movimiento de las aspas.
La mujer estaba de pie junto al borde de la cama. Sostenía un vestido rojo con ambas manos. Lo tenía delante de sí, a la altura de la cintura. El vestido colgaba, sus mangas vacías rozaban el cubrecama blanco.
Los dedos de la mujer apretaban la tela roja. Sus uñas eran cortas. En su antebrazo izquierdo, una línea de tinta negra formaba un diseño que subía desde la muñeca. Llevaba un sostén negro. Llevaba bragas negras.
El hombre no se movió. Continuó recostado, mirando la ventana. El zumbido del ventilador llenaba la habitación.
La mujer bajó la mirada al vestido. Lo sostuvo así un momento. Luego, con un gesto lento, lo acercó a su cuerpo. La tela roja quedó frente a sus muslos.
El ventilador siguió girando. La franja de sol en la cama no cambió de lugar.
Cuando él salió de la habitación
La mujer se sentó en el borde de la cama.

Mantuvo el vestido rojo sobre su regazo.
La puerta se cerró tras el hombre.
Sus dedos acariciaron la textura de la tela.
Ella giró la cabeza hacia la ventana.
Las cortinas estaban inmóviles.
El zumbido del ventilador llenó el espacio que quedó.
Los objetos testigos
El teléfono negro y los peluches permanecieron sobre la colcha blanca.
La mujer no los miró.
La habitación no ofrecía más asientos.
No había espejos en las paredes.
El espacio era suficiente para caminar junto a la cama, pero no para mucho más.
La espera en silencio
Ella permaneció sentada.
Su espalda estaba recta.
Pasaron varios segundos.
Su mano izquierda se posó sobre el vestido, aplastando levemente el pliegue que había formado.
La figura del mono de peluche miraba hacia otro lado.
Ella no se acostó.
No se levantó.
| Qué hacía ella | Qué hacía él |
|---|---|
| Permaneció sentada | Caminó hacia la puerta |
| Sostuvo el vestido | Abrió la puerta |
| Miró hacia la ventana | Salió al pasillo |
| Acarició la tela | Cerró la puerta tras de sí |
| Esperó | Desapareció de la vista |
El sonido de la cerradura no se oyó.
El ventilador siguió girando.
Ella respiró.
La habitación contenía su cuerpo pero no sus acciones.
No había nada más que hacer.
Minuto y medio
Ella permaneció junto a la cama, el vestido rojo en sus manos. Los juguetes de peluche y el teléfono negro seguían sobre la colcha blanca.
Alzó el vestido. Lo sostuvo frente a sí un momento, los brazos extendidos. La tela cayó, osciló. Luego hundió la cabeza por el escote.
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Sus brazos buscaron y encontraron las mangas. Un hombro, luego el otro. El movimiento fue lento, casi mecánico. La tela se deslizó sobre el sujetador negro, sobre su espalda. La cintura del vestido se ajustó a sus caderas.
Ella tiró del bajo. Alisó la falda con las palmas de las manos, una vez, dos veces. La costura central quedó recta. No se miró. No buscó un espejo.
Se quedó quieta, de pie al lado de la cama. El ventilador giraba junto al cabecero. Las cortinas no se movieron.
La tela del vestido era lisa y fresca al tacto. Sus dedos recorrieron el borde de la manga corta, rozaron la piel de su brazo, justo donde el negro de la tatuaje se encontraba con el rojo de la tela. Su palma izquierda se posó sobre el lugar donde el dibujo quedaba oculto.
Desde la puerta, el hombre observó. Su figura recortada contra el marco. No avanzó. Su mirada recorrió la línea que el vestido creaba desde el hombro hasta la rodilla. Permaneció allí, inmóvil, con la oscuridad de su camiseta como una mancha fija en el umbral.
Durante esos minutos, sin decir palabra, se hicieron estas cosas:
- Ella vistió el vestido rojo.
- Sus manos alisaron la tela sobre su cuerpo.
- Ella respiró, y el pecho se elevó bajo el nuevo tejido.
- Su mirada bajó hacia la colcha, hacia los juguetes.
- Permaneció así, vestida, en el mismo sitio.
- El ventilador continuó su giro junto a la cama.
- Nada más en la habitación cambió de lugar.
Después, sus pies giraron sobre el suelo. La falda rozó sus muslos. Dio un paso. Luego otro. No se dirigió hacia la puerta. Se acercó al borde de la cama y se sentó. El colchón cedió bajo su peso. Las manos, otra vez, reposaron sobre sus rodillas, sobre el rojo de la tela.
La piel contra el algodón
La mujer se levantó del borde de la cama. Sus manos fueron a la espalda, encontraron la cremallera del vestido rojo. Un zumbido breve rasgó el silencio, seguido del roce de la tela sobre su piel. El vestido se deslizó por sus hombros, por sus brazos, y cayó en un charco escarlata a sus pies.
Quedó de pie, solo con la ropa interior negra. La brisa del ventilador le recorrió la espalda.
Se inclinó. Recogió el vestido del suelo. No lo dobló. Lo arrojó sobre la cama, cerca de donde seguían el teléfono y las dos figuras de peluche.
Luego, con un movimiento lento, se subió al colchón. Se colocó de lado, frente a las almohadas desocupadas. Su cuerpo se hundió en la blancura del cubrecama. Un brazo quedó estirado, la mano sobre el lugar vacío. El otro brazo se dobló, y su cabeza encontró apoyo en la curva del codo.
La habitación no cambió más.
El ventilador giró. Las cortinas no se movieron. El vestido rojo permaneció arrugado donde había caído, su color intenso contra el blanco. La mujer cerró los ojos. Su respiración, al fin, se volvió profunda y regular. Las líneas de su tatuaje negro descansaron quietas sobre su brazo izquierdo, que ahora sostenía el peso de su cabeza.
Así pasaron los últimos segundos. Ella inmóvil. La habitación, igual. Solo el zumbido constante del motor y el lento girar de las aspas marcando el tiempo que quedaba.
